lunes 8 de junio de 2009

La casa del diablo

“Satanás se burla de todas tus amenazas. Lo que le espanta es ver una luz en tu corazón.”
Dicho sufí


Hay un lugar del que me propuse escribir muchas veces, deber autoimpuesto que siempre he acabado relegando. Mi pobre talento poético se convierte en este caso en una bendición, pues no habría nada peor que trasmitir lo que allí se siente a alguien que ha tenido la fortuna de no visitarlo jamás.

La forma en que solemos referirnos a ese sitio aquellos de mis compañeros que lo hemos visto suele ser “la casa de Eugen”, expresión aparentemente inocua con la que nos proponemos no evocar nada de lo que allí vivenciamos, intención totalmente inútil porque la huella que deja en ti ese lugar una vez que él ha tenido la “gentileza” de mostrártelo, queda marcada con el fuego que parece haberlo arrasado por completo.
A veces los encuentros con Eugen no te llevan hasta allí, sino que se presenta como un transeúnte más y se sienta a hablar contigo en el banco de algún parque. Pero ese lugar le acompaña siempre y con él el temor que sientes de extraviarte en su interior para no volver. Sólo llegar a intuirlo -aún como el más leve destello-, te paraliza ante el horror de imaginar que en cualquier momento sus puertas se abrirán, pues sólo está un pestañeo más allá, en el rincón que no queremos ver y que acecha desde el rabillo del ojo.

Hay en ese lugar una edificación monstruosa sobre una colina tras la cual se oculta el sol. La cima de sus muchas torres suele perderse tras la ceniza, su cúpula está hundida y el contraluz intensifica aún más la negrura de sus muros. No se debe su color a un mármol negro y brillante o a alguna piedra oscura, sino que es un negro opaco, baldío, como si hubiera sufrido un gran incendio y las cenizas que perpetuamente cubren el cielo fueran las de aquello que sucumbió arrasado en su interior. Yo jamás lo contemplé más que de lejos, pero aún así me pareció que venía de él un rumor que me produjo gran espanto e hizo que me esforzara por no escuchar. Sin embargo, conozco a alguien que penetró una vez allí y casi perdió la cordura. Mi amiga Marion me habló -sumida en un profundo delirio- de un templo sin estatuas, sin pinturas, sin cirios ni ventanas y donde resuena la música más atroz: el eco del vacío donde la mente desespera. Sólo le salvó del vértigo absoluto algo que contempló en el suelo: un inmenso laberinto, como los trazados en el pavimento de algunas catedrales, en el que vio encerrada una serpiente.

Eugen, observando mi gesto de terror ante la mera posibilidad de vivir semejante incursión, puso la mano sobre mi hombro para preguntarme una vez:

-¿Te horroriza? -su rostro aparentaba una sarcástica extrañeza-, ¿en verdad tanto te asusta? Pues has de saber que yo no erigí ese lugar: vosotros me habéis encadenado a él.

Y después suavizando el tono añadió algo que suele repetirme:

-¡Vamos Pola, deja de temerme! Yo puedo llevarte más allá de lo que nunca imaginaste.

Si el encuentro se produce en aquel temible lugar tu mirada desespera y huye del suelo tratando de refugiarse en el cielo. Pero allí sólo encuentras el perpetuo crepúsculo cubierto de cenizas que, pese a su perenne apariencia, no te otorga la bendición de transportarte más allá del tiempo, sino que el peso de cada segundo te abate con una angustia indescriptible a pesar de lo cual tienes la sensación de que todo ese horror llega hasta ti absolutamente atenuado. Mientras, Eugen parece estar sumido por completo en él.
Una vez que me vio alzar la vista me dijo sonriendo:

-¿Qué estás esperando, Pola?, ¿que aparezca tu “Virgilio”?, ¿acaso que las nubes se retiren y puedas distiguir en este cielo alguna estrella? Harías mejor en meditar si tu guía aquí no habré de ser yo.

¡Oh, embustero!, ¡qué bien mientes con verdades! Qué difícil se hace entender que lo que dices es cierto, pero sólo a ras del suelo. En la periferia todo gira, surge y se desvanece, y libertad parece el poder de escoger entre opciones, posibilidades viciadas de origen, efímeras, huérfanas sin raíces. La verdadera libertad no es otra que Ser, cumplir aquello que es pura necesidad, para lo que estamos llamados y que tan bien ocultan tus elaborados juegos de espejos. Necesidad enturbiada por contingencias que sólo funcionan si estamos ciegos. Pero nuestra ceguera es tu misión.

La tarde de nuestro encuentro en el parque la gente pasaba frente a nosotros totalmente inconsciente de su presencia. Cuando él me sorprendió observándolos, adivinó mis pensamientos y dijo:

-no los tengas por afortunados porque no puedan verme; ellos también me conocen pues me presento en su vida bajo formas infinitas. Pero tú has comenzado a abrir los ojos y ahora puedes reconocerme con este mi rostro que es como el tuyo.

sábado 31 de enero de 2009

El ney

Inflama, aliento que me atraviesas,
el sonido de la flauta de caña.
Arde en mí, fuego de la Tierra luminosa,
prendiendo las estrellas
que se tornan almenaras.

Eternidad, si jamás concluyes,
¿qué podría mermar tu luz?
Señalas por siempre al viajero en el exilio
el titilante camino del retorno.

lunes 26 de enero de 2009

La flauta de caña III. El sonido de fuego

“Escucha la caña, ¡cuenta tantas cosas! Dice los escondidos secretos del Altísimo; pálida es su figura y el interior vacío. Ha dado su cabeza al viento y repite: Dios, Dios, sin palabras y sin lenguas.”
Mawlānā Ŷalāl al-Dīn Rūmī

El célebre poeta persa y maestro sufí Mawlānā Ŷalāl al-Dīn Rūmī (1207-1273), más conocido entre nosotros simplemente como Rumi, fue el autor de una vasta obra poética que incluye uno de los más importantes escritos de la literatura persa, el Masnavi, cuya belleza y trascendencia han llevado a que sea conocido como el “Corán persa”. Está compuesto de más de veinte mil versos que narran cientos de fábulas, revelaciones coránicas y escenas cotidianas, con el trasfondo metafísico fundamental de la búsqueda de Dios.
Entre sus múltiples historias cuenta que un día el Profeta Muhammad confió unos secretos a su yerno ‘Alí, siéndole prohibido a éste que los desvelara. ‘Alí consiguió mantener con esfuerzo su palabra durante cuarenta días pero finalmente, incapaz de seguir manteniendo el secreto, marchó al desierto y asomándose a la boca de un pozo lo confesó al interior de la tierra. Se cuenta que en el transcurso de la revelación su saliva cayó dentro; y en aquel mismo lugar, al poco tiempo, creció una caña que un pastor cortó y talló para elaborar una flauta. Se cuenta que las melodías que interpretaba eran de tal belleza que las gentes que acudían en multitud a escucharle quedaban extasiadas, y que incluso los camellos atendían respetuosamente rodeándole en círculo. La fama del flautista llegó hasta oídos de Muhammad quien le hizo llamar y pidió que tocara para él:

“Estas melodías, dijo entonces el Profeta, son el comentario que yo he comunicado a ‘Alí en secreto. Del mismo modo, si alguien entre las gentes de pureza carece de pureza, no puede oír los secretos de la melodía de la flauta, ni gozarlos, pues la fe es el placer y la pasión”.

Tal es la profundidad del mensaje que transporta la música del ney, nombre persa de la flauta de caña o caramillo. Y por ello se toca durante las sesiones de dhikr y en el samâ (concierto espiritual acompañado de danzas), practicados por la orden Mevleví, tariqa fundada por los propios discípulos de Rumi y conocida popularmente como la orden de los Derviches Giróvagos.

Una historia igualmente hermosa y significativa sobre la trascendencia de la música del ney es destacada por Henry Corbin en el capítulo titulado “Del sentido místico de la música persa” de su libro “El Imam oculto”. En él nos habla del secreto que puede comunicar el sonido de la flauta a aquellos dispuestos a trascender los sentidos físicos y percibir su mensaje a través del oído del corazón. Explica Corbin:

“En una de sus grandes obras todavía manuscritas, Qâzî Sa’îd Qommî (pensador iraní del siglo XVII), recuerda y comenta largamente unas palabras de aquel que ocupa un lugar eminente entre los corazones iraníes, el primer Imam de los chiitas, Mowlânâ Ali ibn Abî Tâlib. Según esta tradición, el primer Imam dijo un día entre sus familiares:

Porque había en mi corazón preocupaciones que lo angustiaban y no he encontrado a nadie a quien confiarlas, he golpeado la tierra con la palma de la mano y le he confiado mis secretos, de manera que, cada vez que en la tierra germina una planta, esa planta es uno de mis secretos.

Ciertamente, no se trata de un secreto agronómico. La Tierra de la que se trata no es la tierra que soporta nuestros pasos y que está hoy en vías de ser devastada por las ambiciones de nuestras desmesuradas conquistas. Es la “Tierra de luz” que sólo se ve con los ojos del corazón. Pero depende de nosotros mirar esa tierra con ojos capaces de verla, y, mirándola de ese modo, hacer que la Tierra de luz nos mire también, nos concierna también a nosotros. Depende de nosotros que, golpeando junto con el Imam el suelo de esa Tierra de luz, veamos emerger en ella ciertas plantas que nos revelen nuestros secretos apenas presentidos. Y como ocupando un rango preeminente entre esas plantas, el filósofo Qâzî Sa’îd Qommî nombra la caña de la que está tallada la flauta mísica, cuyo lamento exhala el prólogo del Masnavi y que, como sabemos, está asociada a todos los servicios religiosos de la Orden de Mowlânâ.
Todos hemos oído cantar al menos algunos dísticos de este prólogo:

Escucha la historia que cuenta la flauta de caña, la
de las separaciones cuyo lamento exhala.
Desde que fui cortada del cañaveral, mi queja ha

hecho lamentarse a hombres y mujeres.

El que es abandonado lejos de su fuente original,
aspira a volver al tiempo de su unión.
Mi secreto no está lejos de mi queja, pero la luz
está ausente al ojo y al oído.
El cuerpo no está velado al alma, el alma no está
velada al cuerpo; sin embargo, a nadie le está
permitido ver el alma.
Es de fuego el sonido de esta flauta, no es un
soplo de viento. Quien no posee ese fuego,
¡morirá asimismo!

Ciertamente, nadie ha visto nunca el alma con los ojos con los que normalmente vemos las cosas de este mundo. Sólo se puede presentir por la queja de la flauta mística cortada, en el origen, en la Tierra de luz. Lo que germina de esa Tierra y de ella fue separado, la historia del exilio y el retorno, ésa es la obsesión de la mística persa, y eso es algo que no puede ser visto ni probado de forma racional, algo que no se puede contar ni se puede ver con la vision directa, sino que sólo el hechizo musical nos puede hacer presentir y ver, en la medida en que a audición musical llegue a hacernos súbitamente “clarividentes”. Y esto es, en muy pocas palabras, lo que quisiera sugerir al hablar del sentido musical de la mística persa.
Lo indecible que la mística persa se siente en el deber de expresar es la historia que rompe lo que nosotros llamamos historia, una historia que deberíamos denominar metahistoria, pues su acontecer se sitúa en el origen de los orígenes, anteriormente a todos los acontecimientos registrados y registrables en nuestras crónicas. La epopeya mística es la del exiliado que, llegado a un mundo extranjero, está en camino para volver a su casa, a su mundo. Lo que intenta decir esta epopeya son los sueños de una prehistoria, la prehistoria del alma, su preexistencia a este mundo, sueños que parecen ser siempre para nosotros una orilla prohibida. Por eso en una epopeya como el Masnavi, apenas se puede hablar de sucesión de episodios, ya que todos ellos son emblemáticos, simbólicos. Toda dialéctica discursiva está excluida. La conciencia global de ese pasado y del futuro al que nos invita más allá de los límites de la cronología, no puede alcanzar más que musicalmente su carácter absoluto. Para experimentar su “Libro santo”, ese Masnavi que con frecuencia es denominado el “Corán persa”, los místicos están, por esencia, en el deber de cantar para decir.”

La flauta es el alma que se siente separada de su manantial divino, que trasmite, con su sobrecogedor sonido, el anhelo por la separación: “Ese anhelo que expresas/ es el mensaje de respuesta/ Ese penar desde el que gritas/ Es lo que te atrae hacia la unión./ Tu pura tristeza/ Que desea ayuda/ Es el cáliz secreto”, dicen otros versos de Rumi.
Y suyas son también las palabras con las que se dirige a Dios para decirle: “Nosotros somos la flauta, la música viene de ti”.

Ejemplar del Masnavi. Irán, 1479.


Prólogo del Masnavi

Escucha el caramillo, cómo se queja,
Lamentando su destierro del hogar:
“Desde que me arrancaron de mi cama de mimbre,
Mis lastimeras notas han hecho llorar a hombres y mujeres.
Reventé mi pecho, esforzándome por desahogar los suspiros,
Y expresar los dolores súbitos de mi anhelo por mi hogar.
Quien mora lejos de su hogar
Anhela siempre el día de su regreso.
Mi lamento se oye en todas las multitudes,
A coro con aquellos que se regocijan y aquellos que lloran.
Cada uno interpreta mis notas en armonía con sus propios sentimientos,
Pero ninguno desentraña los secretos de mi corazón.
Mis secretos no son ajenos a mis notas lastimeras,
Sin embargo no se manifiestan al ojo y al oído sensual.
El cuerpo no está velado del alma, tampoco el alma del cuerpo,
Sin embargo ningún hombre ha visto nunca un alma”.
El lamento de la flauta es fuego, no mero aire.
¡Dejad que quien carezca de este fuego sea considerado muerto!
Es el fuego del amor lo que inspira a la flauta,
Es el fermento del amor lo que posee el vino.
La flauta es confidente de los amantes desdichados;
Sí, sus compases ponen al descubierto mis más íntimos secretos.
¿Quién ha visto un veneno y un antídoto como la flauta?
¿Quién ha visto un confortador compasivo como la flauta?
La flauta cuenta la historia del sendero ensangrentado del amor,
Cuenta la historia de las penas del amor de Majnum.
Nadie está privado de estos secretos salvo el demente,
Mientras la oreja se inclina a los susurros de la lengua.
A través del dolor mis días son trabajo y tristeza,
Mis días pasan, mano a mano con la angustia.
Sin embargo, aunque mis días así se desvanezcan, no importa,
¡Tú permaneces, Oh Incomparable y Puro!
Pero aquellos que no son peces pronto se cansan del agua;
Y quienes no tienen el pan diario encuentran el día muy largo;
Así pues el “Crudo” no comprende el estado del “Maduro”;
Por ello me incumbe acortar mi discurso.
¡Levántate, Oh hijo! ¡Rompe las cadenas y sé libre!
¿Hasta cuándo estarás cautivo de la plata y el oro?
Aunque viertas el océano en tu cántaro,
Este no puede contener más que la reserva de un día.
El cántaro de deseo de los codiciosos nunca se llena,
La concha de ostra no se llena con perlas hasta que está contenta;
Solo aquél cuyas ropas han sido desgarradas por la violencia del amor
Está completamente puro de la codicia y el pecado.
¡Hola a ti, pues, Oh Amor, dulce locura!
¡Tú que curas todas nuestras enfermedades!
¡Qué eres el médico de nuestro orgullo y vanidad!
¡Qué eres nuestro Platón y nuestro Galeno!
¡El amor exalta a nuestros cuerpos terrenales hasta el paraíso.
Y hace que las mismas colinas salten de alegría!
Oh amante, fue el amor lo que dio vida al Monte Sinaí,
Cuando “tembló”, y Moisés cayó desmayado.
Sólo que el Amado me tocara con sus labios,
Yo también, como la flauta, estallaría en melodía.
Pero el que se aparta de aquellos que hablan su lengua,
Aunque posea un centenar de voces, está forzosamente mudo.
Cuando la rosa se ha marchitado y el jardín está seco,
La canción del ruiseñor ya no se oye.
El Amado es todo en todo, el amante sólo Le vela;
El Amado es todo lo que vive, el amante una cosa muerta.
Cuando el amante ya no siente la viveza del Amor,
Se vuelve como un pájaro que ha perdido sus alas. ¡Ay!
¿Cómo puedo conservar mi juicio
Cuando el Amado no muestra la luz de Su rostro?
El Amor desea que este secreto sea revelado,
Porque si un espejo no refleja, ¿de qué sirve?
¿Sabes tú por qué no refleja tu espejo?
Porque no ha sido limpiado el orín de su superficie.
Si estuviera purificado de todo orín y suciedad,
Reflejaría el brillo del Sol de Dios.
Oh amigos, ahora ya habéis oído este cuento,
Que expone la misma esencia de mi caso.

jueves 8 de enero de 2009

La flauta de caña II. El sueño

“La música opera el milagro de tocar en nosotros el núcleo más secreto, el punto donde se establecen todos los recuerdos.”
Gilbert Durand


Vestía un chaleco de vivos colores, mis abrigadas botas nuevas y un pequeño gorro de lana bordado con hilo dorado. Me encontraba inmerso en uno de esos sueños de nítidas y vivas imágenes donde además, de la manera más natural, eres tú mismo al tiempo que otro. Así que yo era un muchacho que se había preocupado ese día de fiesta de lucir sus mejores galas para que -aunque humildes-, no desentonaran con los trajes de las gentes reunidas en aquel palacio que aún era hermoso, aunque sus tiempos de esplendor hubieran pasado hacía ya varios siglos. En Azerbaiyán estaba aquel lugar, eso lo sabía, así como que me encontraba en mi hogar.
Aquella mañana la luz del sol era muy blanca y el cielo de un azul muy pálido. Era una luz primaveral que apenas caldeaba pero hacía brillar con fuerza la nieve sobre las montañas grises que, más allá de la llanura, perfilaban el horizonte. Yo observaba el paisaje distraído desde una ventana mientras la gente entraba y salía de un gran salón adyacente; allí sonaba fuerte una música de animada percusión así como los rápidos pasos de aquellos que danzaban.
Sin ganas de participar del bullicio (y sabiéndome un tímido y no muy hábil bailarín), caminé por un pasillo cruzándome con otros hombres y mujeres ataviados con largos ropajes de brillantes colores. Finalmente, el pasaje desembocó en un hermoso patio rodeado de arcos y columnas que albergaba varios árboles además de una pequeña fuente. Allí también había gente, pero su actitud era más reposada: podía ver ancianos charlando distendidamente, mujeres dando de comer a sus bebés y niños jugando distraídos. Paseé por el patio respirando aire fresco en busca de un lugar donde sentarme y acabé haciéndolo en el suelo de piedra bajo las ramas de un árbol.
Mientras disfrutaba de la tranquilidad y del arrullo del agua, vi que caminaba por allí un hombre que llamó poderosamente mi atención aunque no sabía decir por qué; mi vista no distinguía bien su rostro ni parecía destacar especialmente entre los demás. Creo recordar que tenía barba corta y vestía un turbante muy sencillo. Tras él, manteniéndose en un segundo plano, caminaba un muchacho de mi misma edad que parecía ser su hijo o tal vez su aprendiz. Entonces el hombre avanzó hasta detenerse frente a mí y agachándose me entregó una flauta partida en dos pedazos. Al ofrecérmela me dijo pausadamente mientras me miraba a los ojos con atención:
-Ahora te toca a ti- Y tras dejarla en mis manos ambos se marcharon sin añadir palabra.

Me quedé intrigado mirando atentamente los fragmentos, pensando por qué me la habrían dado a mí, alguien que jamás había tocado flauta alguna. Observé entonces que tenía una extraña forma de cruz aunque la porción horizontal era muy corta. También me pareció que no tendría fácil arreglo, pero para mi sorpresa pronto conseguí ensamblar los pedazos y mantenerlos unidos a la vez que los dedos quedaban libres para moverse sobre los agujeros. Tapé con el pulgar el orificio posterior y soplé con decisión aunque no conseguí emitir ningún sonido. Sin embargo resultó que tras pocos intentos comenzó a sonar; primero no muy bien, pronto mucho mejor, hasta que emitió una nota larga y clara que sonó a la perfección.
Entonces, simplemente, comencé a tocar.
Recuerdo cómo interpretaba con naturalidad y soltura, espontáneamente, casi como si fuera mi propia respiración. Y ante aquel prodigio empecé a sentirme embargado por una profunda emoción, emoción que incluía el sentimiento de la vocación encontrada, pues recuerdo haber pensado: “¡Sí, yo he nacido para esto!”, mientras la melodía manaba sin que siquiera pensara en ella. Pues era yo quien tocaba, eso lo sabía, pero la música pasaba a través de mí, como si la trajera el viento tras haber abierto una ventana. Entonces me di cuenta que se había hecho un gran silecio pues todas las personas en el patio se habían detenido a escuchar. Y en sus caras podía leer como en un libro un sentimiento que sabía compartíamos: el de haber reencontrado algo fundamental, algo que no recordábamos haber perdido pero que allí estaba; la música transmitía una paz beatífica, una sensación de plenitud, de permanencia, colmando un anhelo profundo que hacía que cerraran los ojos, que sonrieran, que lloraran. Recuerdo haber pensado, extasiado, que toda música es hermosa en tanto se parece a aquella música, en tanto se aproxima a evocar lo que ella evoca. Y sintiendo que transpotaba un mensaje sagrado comencé a concentrarme tratando de recordarla, intentando que no se desvaneciera de mi memoria como arena entre los dedos.
Y tal vez porque quise asirla, porque impuse mi voluntad al sueño queriendo fijar mi atención, en ese preciso instante desperté.

He estado fascinado desde entonces con cada detalle de aquel sueño: sus colores, los rostros de la gente, el sentimiento de plenitud, el sonido de la flauta. Sin embargo hace poco -tras unos meses desde aquella noche-, que empecé a intuir la profundidad del mensaje que trasportaba; que comprendí finalmente, tras oír hablar del Masnavi, que había recibido una respuesta.

martes 16 de diciembre de 2008

La flauta de caña I. Desde las ruinas

Para Abel, quien me habla de los tesoros que aguardan a ser encontrados entre las ruinas.


“Es por la verdad interior como comunican entre sí los elevados conocimientos de todas las sabidurías.”
Henry Corbin

La tarde se presenta solitaria y lluviosa como lo son últimamente casi todas aquí en la Torre. Mientras esperaba en el salón he estado toqueteando el piano de Judith, contemplando las fotos que hay sobre él con los rostros de mis amigos y compañeros, todos aquellos que frecuentaban esta casa y a los que sus quehaceres, la fortuna o el peor de los destinos han terminado por alejar de aquí. Con su ausencia este lugar magnífico que apenas ha comenzado a revelarnos sus misterios empieza a asemejar un templo abandonado: puede sentirse como va desapareciendo la vital impronta de Judith, Onire ya no guarda implacable sus muros y Karel duerme; sobre la piscina en el último piso ya no brota la planta del soma y a la biblioteca casi no acuden consultantes.
Son muchas cosas las que han acontecido y no he tenido la entereza ni la volutad de registrar en este diario, pero París es ahora un lugar más sombrío. Las visitas de Eugen pesan como una losa sobre cada uno de nosotros pues con su olfato infalible ha encontrado la porción de nuestro corazón donde clavar su estandarte. Ahora su presencia genera un terror permanente y al mismo tiempo quiere que pensemos que nos resulta imprescindible; y lo peor de todo es que creo que tiene razón. Me asomo a la terraza veinte pisos sobre el suelo de París y siento como su sombra de serpiente se proyecta sobre toda la ciudad; o tal vez sólo haya velado mis ojos y con ello conseguido que así lo crea:
-Es lo que hacen los demonios -me dice siempre Yué con toda naturalidad-, te ciegan para que no encuentres la ruta hacia ti mismo y alcances el lugar donde ya no pueden tocarte.
Sus palabras me recuerdan también mucho a mi querido señor Istrati.

Yué vino a vivir aquí desde Shanghai y gracias a ella he podido retomar mis clases de esgrima allí donde mi antiguo maestro las dejó. Nos aporta su ayuda y consejo pero –por encima de todo y aunque no me lo haya dicho-, sé que sus maestros la enviaron para vigilar de cerca este lugar, uno de esos enclaves cuya existencia compromete al cosmos. Aunque no quiero entrar por el momento en ese tema.
Pienso ahora en Yué porque cuando observa lo perdidos que solemos encontrarnos sin guía ni maestro sentencia con preocupación: “Aquí los ancianos os han fallado”, y lo dice al mismo tiempo maravillada de que a pesar de su ausencia sigamos enfrascados en cuerpo y alma en nuestra búsqueda. ¿Es esta búsqueda aún así posible? No lo sé. Pero pienso que para embarcarse en pos de la verdad no es preciso creer que alcanzarla es posible, es preciso creer que es necesario.
Considero a mis compañeros mis maestros. Con ellos he vivido todo lo que me ha hecho comprender, pero a la vez comiezan a esperar de mí guía y consejo; y empiezo a temer no ser el hombre que debiera ser. Las fuerzas muchas veces flaquean, pero aunque de esto no hablo con nadie tampoco soy tan iluso como para pensar que no se dan cuenta.
¿Habría sido preferible desapegarme de todo lo que conozco, amo y deseo proteger y marchar hacia oriente junto a Yué a recibir las enseñanzas de sus maestros? Irme lejos en mi propia búsqueda dejando este lugar y a los que aquí moran a merced de Eugen –y de aquellos que son tanto sus adversarios como los nuestros-, olvidarme del destino de todos y de cómo mi presencia o ausencia podría afectarlo, es una idea que va despareciendo de mi mente.
Retomé hace poco mis tribulaciones cuando al leer a Jünger encontré estas líneas en La emboscadura:

“No podemos limitarnos a conocer en el piso de arriba la verdad y la bondad mientras en el sótano están arrancando la piel a otros seres humanos como nosostros. Eso es algo que no puede hacerse ni aunque uno se encuentre en una posición no sólo bien asegurada, sino también superior; y no puede hacerse porque el sufrimiento inaudito de millones de seres humanos esclavizados es algo que clama al cielo”.

Me pareció que difícilmente se podía tener más razón; no debemos salir en busca del espíritu y perder el alma por el camino. Pero contra lo que podríamos pensar no es esta la posición de una mentalidad típicamente occidental o atrapada por la historia, sino la de aquel que conoce el vértigo que ésta nos transmite y quiere alcanzar el lugar de quietud más allá de ella; reconquistar aquello que nos hace genuinamente humanos.
Tiempo y eternidad no son opuestos más que en las mentes de aquellos que no somos sabios. El sabio es aquel que vive en el mundo pero no está limitado por sus categorías, se encuentra simultáneamente en el tiempo y en la eternidad, pues desde su perspectiva su oposición es tan ilusoria como todas las demás.
Se cuenta que la actitud de los maestros taoístas estaba orientada hacia el regreso al mundo. Un distanciamiento de los asuntos y preocupaciones cotidianos podía ser necesario en un principio, pero con el tiempo se les volvía a encontrar entre los hombres “distintos de ellos y sin embargo semejantes a ellos”, encarnando en sí la voluntad del Cielo, habiendo restituido la espontaneidad natural. Es posible que el retorno sea mucho más difícil que el distanciamiento; la prueba definitiva.

Pero aunque sea una situación desfavorable la que hemos heredado, la cuestión es si siempre y aún así podemos encontrar un camino, si es posible, desde el precipicio que parece truncar la ruta, acercarnos a la verdad, aquella que ilumina todo lo que es sabiduría alimentándolo desde dentro. Pues si ciertamente es la verdad, ¿acaso podría ser de otro modo? Debe estar aquí y ahora, en cada uno de nosotros; es nuestro legado inalienable, patrimonio de todos y de nadie, más allá del tiempo, del mito o de la historia, de las formas con las que se viste y de aquellos que las custodian; irradia desde el origen, un origen que no es un pasado remoto, perdido o inalcanzable, sino el eterno principio, el principio que siempre ES y por tanto siempre será accesible por mucho que llegue a ocultarse.
Esto es lo que debo creer, pues ha de ser propio del caósofo percibir, al contemplar las ruinas, no sólo devastación, sino un mundo de oportunidad donde todo espera ser renovado. Sólo nos es posible partir del oscuro punto en que nos encontramos, pero en la oscuridad el mensaje que incita al viaje brilla todavía con más fuerza:

“Despierta y levántate de tu sueño,
y oye las palabras de nuestra carta.

¡Recuerda que eres hijo de reyes!
¡Mira la esclavitud en que has caído!

¡Recuerda la perla
por la que has sido enviado a Egipto!

Piensa en tu vestido resplandeciente
y recuerda tu toga gloriosa

que vestirás y te adornará
cuando tu nombre sea leído en el libro de los valientes

y que con tu hermano, nuestro sucesor,
serás el heredero de nuestro reino.” *


Se dice que aquel que busca es en realidad buscado, que es la verdad quien le encamina hacia sí. Por eso, cuando este mundo parece negarnos la guía de un maestro, en ocasiones es él quien encuentra la ruta para visitarnos desde Otra orilla.

Europa después de la lluvia II, de Max Ernst.

* fragmento del Himno de la perla
.

miércoles 10 de diciembre de 2008

Sizigia

“Nadie ha visto nunca el alma con los ojos con los que normalmente vemos las cosas de este mundo”.
Henry Corbin


El ángel siempre está presente. He leído que con él formamos la unidad de nuestro ser esencial, unidad que a su vez trasciende –con una paradoja sólo aparente-, la mera individualidad que creemos ser.
Es por el ángel que se cumple en nosotros aquello que afirmó Giordano Bruno al decir que Dios está infinita y totalmente en cada una de las partes del universo, motivo sin el cual no podríamos llamarle infinito. Y sin embargo, aun en nosotros permanece invisible, porque nadie puede ver el alma de su alma “con los ojos que contemplamos las cosas de este mundo”.
Pero el mundo puede ayudarnos a conseguir otros ojos cuando nos brinda signos maravillosos, instantes que son como un tributo a la eternidad en los que la Imagen recobra su brillo primordial.

Hoy mirando al cielo pensé que nuestro gemelo celestial se oculta a la manera de la luna nueva; ésta se pasea cruzando el firmamento a plena luz del día, pero queda velada a la vista por el resplandor del sol. Y sin embargo ella es la única que puede revelarnos su medida, pues es capaz de perfilar su forma en el engarce perfecto durante la sizigia que produce un eclipse total.
Quien haya contemplado este evento sabe que hay un instante en el que el tiempo se desvanece, momento en que aparece ante nosotros un anillo luminoso; el corazón humano se estremece al ver en lo más alto el reflejo de su cavidad más secreta.
El ángel es entonces visible: con una de sus manos toca nuestro pecho y con la otra señala la corona del cielo, océano sumido en la oscuridad preeterna que conjuga la noche y el día. Y apuntando como una flecha al centro nos comunica la certeza:

-“Eso eres tú”- proclama.

Y al fin comprendemos que siempre lo supimos.

martes 9 de septiembre de 2008

El filo y el dragón

Para Martín

"¡No me golpees más, porque tú eres ahora el que yo era!"
Satapatha Brâhmana (I, 6, 3)

"La oscuridad no puede rechazarse en nombre de la luz porque todo contiene a su opuesto."
Peter Kingsley

Acompañar a Rémi a través de la tupida arboleda, a la luz de la luna y sin saber para qué me había hecho llamar su maestro, no hacía más que espolear mi curiosidad. Había oído contar a Gabrielle muchas veces que en el Bois de Boulogne (el inmenso pulmón verde que conserva París en su lado oeste), los llamados “piel de lobo” tienen por costumbre reunirse, tratar sus asuntos y narrar todo tipo de historias impresionantes: hazañas de sus predecesores, leyendas de gestas fantásticas, antiguas odas que no se registraron en ningún libro, poemas épicos y todo tipo de relatos asombrosos que alternan de la forma más natural con las últimas noticias de lo que acontece en la ciudad. Pero dado su sagrado cometido, estas noticias están muy lejos de lo común, cubriendo el espectro de lo que muy pocos pueden entender y aún menos pueden ver. Así de especial es la misión que les es encomendada desde que reciben la llamada y son iniciados, pues mantienen un trato continuo -que en ocasiones llega al enfrentamiento- con todo tipo de dáimones, espíritus y seres feéricos que, como bien saben, aún se mueven por los bosques y ciudades. Atesoran su tradición, buscan comprender la verdadera profundidad del mundo y tratan de discernir la complejidad y riqueza del entramado de sus influencias. Intentar mantener luego todo en su apropiado equilibrio es el delicado arte al que consagran su existencia.

Cuando alcanzamos nuestro destino (tras un camino que me veo incapaz de volver a encontrar por mí mismo), Rémi se detuvo:
-ya c-casi estamos - explicó con su leve tartamudeo mientras señalaba en dirección a un pequeño montículo-. Sólo tienes que pasar al otro lado.
-¿No me acompañas?- pregunté.
-No Pola. Hoy el viejo quiere hablar contigo a solas.
Al ver mi gesto arqueó las cejas y encogió levemente los hombros para indicar que tampoco conocía el porqué de mi visita.
-Bien, pues gracias por guiarme. Espero que estés por aquí para llevarme de vuelta…
-Sí claro, no te preocupes –sonrió divertido-. Te esperaré “Caperucita” –y cuando estaba a punto de marcharse preguntó-: ¡Ah!, ¿te has acordado de traerle tabaco?
Contesté dando golpecitos al bolsillo de mi abrigo.
-Bien, me quedo por aquí. Cuando terminéis avísame-. Y desapareció de mi vista tras unos arbustos.
Una vez conoces su naturaleza te parece increíble no haberte percatado antes de quién es Rémi, tal es la viveza animal de sus ojos, la agilidad de sus movimientos y lo indomable de la maraña de su pelo; el valiente loup-garou que no cambiaría su peligroso destino por nada del mundo aunque sólo es un muchacho.

A pesar de que ya me había encontrado en otras ocasiones con el anciano, era la primera vez que nos veíamos en aquel lugar. Para ellos es mucho más que un recóndito escondrijo en lo más tupido del bosque, es el enclave apropiado para realizar sus ritos -cualesquiera que sean-, de modo que comprendía la confianza que depositaba en mí y el honor que suponía ser invitado a un sitio como éste. Y una vez le queda claro que entiendes esto -así como el valor de mantener el secreto-, las formalidades y el protocolo están de más con el viejo. Así que tuvimos una amigable charla (eso sí, aunque sentados a la intemperie, no faltó un vino decente), en la que se preocupó muy seriamente de cómo les va a mis compañeros y cómo marcha todo por la Torre. Sé que no tenemos muchos secretos para él, es un gran aliado y es mucho mejor por lo general compartir mutuamente lo que averiguamos, pero hay cosas de las que preferí no hablar. Y aunque al principio pensé que eran imaginaciones mías o tal vez mi propia obsesión por Eugen lo que hacía que las conversaciones parecieran derivar hacia su persona, pronto acabé pensando que tal vez era la aguda astucia del viejo como conversador la que hacía aflorar mis más profundas preocupaciones, aún con mi premeditada decisión de no hablarle de él. O tal vez lo que consigue hacer aflorar es precisamente aquello que más quieres ocultar.
Ahora creo que mis sospechas quedaron confirmadas, pues cuando pensé que finalmente había conseguido eludir el tema y estaba a punto de despedirme dijo:
-aguarda un poco más, joven Pola. Ya que eres tú quien me acompaña esta noche, antes de marchar escucha el relato que recordé para ti.
Pareció divertirle verme tan intrigado. Sin embargo ya no me hizo esperar más y en cuanto me senté de nuevo junto a él me contó esta historia:

Todo el empeño de aquel hombre valeroso se volcó durante largo tiempo en preparar la contienda; ¿para qué otra cosa sino había nacido?, solía repetirse. Por ello viajó sin descanso en busca de los lugares que creyó apropiados para alcanzar su propósito. Estos eran las colinas que una vez estuvieron consagradas a Belenus, a Apolo y tiempo más tarde a San Miguel: los oteros del Sol. Los encontraba siguiendo las leyendas y la guía en que se había convertido -tras haber desentrañado su misterio-, el vuelo de los cuervos. Y si era en verdad digno de ello, supo que en uno de aquellos lugares obtendría el filo definitivo. Debía ser realmente letal, penetrante y luminoso, aquel que haría mella y heriría de muerte a la más tupida oscuridad.

Para forjarlo recreaba en su mente todas y cada una de las cualidades de su adversario, y quiso adecuar cada detalle del arma a su forma monstruosa. Así, lentamente, fue labrando el metal en la fragua de su voluntad. Después lo afiló con las piedras que halló en aquellas cumbres consagradas.

Cuando creyó terminada la tarea regresó a su tierra sabiendo dónde esperar al enemigo. Montó guardia en el antiguo enclave sagrado, apostado junto a la roca que fue colocada cerca del acantilado en un tiempo olvidado. Aunque se encontraba rodeada de un círculo de antorchas que aún se encendían cada atardecer ya nadie salvo él se atrevía a traspasarlo; al acercarse a la piedra su luz crepitante le mostró las profundas marcas que una vez dejara la zarpa de la bestia.
Y en aquel silencioso lugar, temeroso pero absolutamente entregado, esperó.

En cuanto al combate en sí poco pudo después recordar: su inquebrantable decisión, el aliento de la muerte, la responsabilidad de ser quien sometiera al oscuro rostro del miedo, su forma viscosa y vil confundida con las sombras y la extraña sensación agridulce que le dejó la victoria, difícil de comprender a no ser tal vez por el terrible cansancio, el dolor de las heridas y el frío penetrante del amanecer.

Pero este turbador sentimiento le acompañó durante el camino de regreso hasta la aldea. Al llegar quiso pensar en lo reconfortante que sería al fin poder caldearse junto al fuego de la taberna, la anhelada compañía de los otros, pero la inquietud no hizo más que crecer y al abrir la puerta fue recibido por un sobrecogedor y prolongado silencio. Éste quedó roto repentinamente por los pasos del más anciano, el único hombre que se atrevió a acercársele. Entonces, con el tono severo de un padre que reprocha a su hijo las locuras propias de la juventud, le dijo:

-¿Qué has hecho para acabar con el dragón? Ahora todos te temen.

Más tarde, a medida que se adentraba en el bosque, decidió enterrar su arma junto a las raíces de los árboles. Y mientras rendía aquello que pensó definitivo, al fin entendió, abatido, cuan ingenuo fue al no haber comprendido que toda espada al ser forjada es un arma de doble filo.

San Jorge y el dragón, Vittore Carpaccio.
 
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